Un reino inconmovible

“… la remoción de las cosas movibles, para que queden las inconmovibles” Hb.12:27b

Pasar por un terremoto aterra. El ruido grave de la tierra, el movimiento tétrico de los objetos, la sorpresa y rapidez de los acontecimientos, todo colabora para que sea una experiencia asustadora. Pero lo más sobrecogedor de un movimiento sísmico es ver cómo desnuda nuestra vulnerabilidad. De repente, todo lo que parecía firme, estable, inamovible, es removido. Aquello en lo que apoyamos nuestras vidas se viene abajo. Perdemos el suelo bajo nuestros pies. 

El autor de Hebreos – y las Escrituras en general – nos enseña que ¡Dios tiene todo que ver con los terremotos! Los pequeños movimientos sísmicos del presente apuntan al día en el que el cielo se desvanecerá como un pergamino que se enrolla, y en el que todo monte y toda isla se removerá de su lugar (Ap.6:14). El autor de Hebreos nos habla del tiempo en el que las cosas movibles serán removidas para que permanezca lo inconmovible. Todo aquello que nace del pecado, orgullo y vanagloria del hombre será erradicado para siempre de la buena Creación de Dios, para que sólo permanezca lo que es acorde a Su gloria y santidad. Y para eso hacen falta terremotos, terremotos divinos que remueven lo que debe ser removido. Es algo terrible y necesario.

Dicho esto, el autor de Hebreos nos cuenta de un terremoto que ya aconteció. Él nos habla de la venida de Jesucristo como un evento sísmico que cambió el mundo para siempre. En tiempos del Antiguo Testamento, Dios se reveló en la Ley, el Templo, los ritos de purificación y los muchos sacrificios. Todos aquellos preceptos establecían el cimiento en el que descansaba el pueblo de Israel. ¡Eran su suelo! Pero ahora, con el advenimiento de Cristo, todas esas prescripciones llegaban a su fin. En su muerte en la cruz la tierra tembló, se rompieron las rocas, y el velo del Templo se rasgó de encima abajo (Mt.27:51). Ahora, por la sola fe en su Nombre – sin los ritos propios de la Ley – tenemos libre acceso al Padre. La sola obra de Jesús en la cruz es suficiente para que todas las promesas del Padre sean firmes en nuestras vidas. 

¿Qué significa esto? Significa que ya no tenemos que temerle a los terremotos. No hay terremoto, por mayor que sea, que pueda quitarnos lo que Jesucristo nos ha venido a dar. En Él tenemos el perdón de nuestros pecados, la justicia perfecta ante el tribunal, la adopción de hijos, la seguridad de nuestra salvación y la certeza de nuevos cielos y una nueva tierra. Esto no significa que no pasemos por terremotos. ¡Lo estamos viviendo! Pero significa que lo único que pueden quitar es lo que puede y debe ser removido. Por lo tanto, aceptemos con docilidad los terremotos que Dios ordena en nuestras vidas. No hay terremoto que en el momento no produzca temor, pero llevemos nuestros pensamientos a Jesús, y apoyemos nuestros corazones en la roca que nunca será conmovida.

Como sigue diciendo el autor de Hebreos: 

“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” Hebreos 12:28

Pedro B. Blois

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