“22 Aconteció un día, que entró en una barca con sus discípulos, y les dijo: Pasemos al otro lado del lago. Y partieron. 23 Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban. 24 Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro, Maestro, que perecemos! Despertando él, reprendió al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza. 25 Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y atemorizados, se maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es este, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?”
San Lucas 8:22-25.
¿Te has preguntado cómo encontrar paz en circunstancias que superan tus fuerzas?
Notad que los discípulos fueron llevados por Jesucristo a una circunstancia en la que se hizo evidente su pequeñez, insolvencia y vulnerabilidad. Tened en cuenta que eran hombres de la mar. Pedro, Andrés y los hijos de Zebedeo estaban acostumbrados a pasar por momentos difíciles. La geografía del Mar de Galilea propiciaba que a cada cierto tiempo los vientos y la tempestad levantasen olas imponentes. Y estos no eran hombres pusilánimes. Eran pescadores curtidos, capaces de enfrentar grandes adversidades. Pero esta ocasión fue diferente. Leemos en el texto que la noche oscura, las olas gigantescas y el viento huracanado les hicieron temblar. Aquellos hombres se dieron cuenta de que sus vidas pendían de un hilo, y que no había nada que pudieran hacer. Ellos perdieron el control. Y, tal vez, por primera vez en sus vidas, se vieron a sí mismos como lo que eran, como lo que siempre habían sido:
hombres débiles, frágiles y sujetos a la muerte.
Puede que a muchos les parezca raro, pero el primer movimiento de Dios para llevarnos a encontrar paz es despertarnos a nuestra mortalidad. La ilusión de control y seguridad que el hombre alimenta en sí mismo debe caer si es que ha de encontrar una paz duradera. El intento de huir de nuestra mortalidad mediante la cultura del ocio y el entretenimiento, mediante el consumismo y el desarrollo humano, debe ser derribado de nuestros corazones. La paz duradera, la paz que nos acompaña más allá de la muerte, debe primero encontrarse con la verdad, debe romper la ilusión falsa de control. No es una experiencia fácil ni agradable. Aquella fue una noche oscura para los discípulos. Pero ¡qué necesario era que pasaran por ahí! Al romper su ilusión de control y sus sueños de grandeza, Jesús estaba llevando a sus discípulos a encontrar una paz que nada ni nadie les podría quitar.
Al seguir el texto, nos damos cuenta de que ¡Jesús estaba durmiendo! En medio de la tempestad, en medio del terrible azote de las olas, Jesús descansaba. ¿Por qué? Porque Él estaba seguro en las manos de su Padre. Él sabía que no eran las circunstancias externas las que determinaban su devenir, sino el buen propósito de Dios para con Él. Por eso, Jesús pudo descansar. Él descansó en la tormenta porque muy por encima de ella había una Roca capaz de sostenerle hasta el final. Pero su descanso no duró mucho. En su desespero, los discípulos fueron a Jesús y le despertaron, diciendo: “¡Maestro, Maestro, que perecemos!” (Lc.8:24).
En este punto hemos de alabar a los discípulos. Puede que su fe fuese débil, puede que no fuesen capaces de controlar sus nervios a la hora de la verdad, pero ¡sabían a dónde acudir! Y lo hicieron. Ellos convirtieron sus temores en oraciones y acudieron a Jesucristo. ¿No es este el propósito de Dios al romper nuestra falsa seguridad? Él pretende que, desesperados de nosotros mismos – habiendo perdido toda ilusión de control – acudamos al único que es capaz de sostener nuestras vidas. Jesucristo es el único que puede traer verdadera paz. Los dioses creados por los hombres se muestran insolventes en la tempestad. El dinero, el poder, la salud, los buenos contactos, nada de eso puede sostenernos cuando arrecia la tormenta. Jesucristo, el Dios Hombre, nos sostiene aún más allá de la muerte. Y eso es lo que Jesús hizo.
Con su sola palabra el viento y el mar se acallaron y se hizo grande bonanza. El Hijo Eterno de Dios mostró su poder calmando el mar embravecido. De repente, aquella noche aterradora se volvió un lugar de paz y del silencio más absoluto. Jesucristo mostró la grandeza de su gloria y poder al mandar sobre las grandes olas del mar.
Y, entonces, cuando todo estaba en calma, cuando uno podría pensar que los temores de los discípulos habrían desaparecido, leemos en el texto que ellos: “ATEMORIZADOS, se maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es este, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?” (Lc.8:25b). Habiendo dejado de temer a la tempestad, ¡ellos comenzaron a sentir un temor mucho mayor! A fin de cuentas, ¿quién era ese hombre al que aun el viento y el mar obedecían? Ahora ellos ya no temían a la tempestad, sino que temían al único que es digno de ser temido. Y esto nos lleva a la lección principal de nuestro texto:
Todos los temores de nuestro corazón son vencidos cuando tememos al único que debe ser temido. Cuando nuestros corazones descansan en Dios, cuando Jesucristo es el objeto de nuestra confianza y temor, entonces los temores menores disminuyen delante de Él.
Amigo, si tu corazón se ve sobrepasado por el temor, aprovecha la oportunidad para acudir al único que es capaz de acallar la tormenta y traer descanso al corazón. Jesús dice: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (San Juan 14:27).
Convierte tus temores en oración y acude prontamente a Él.
Pr. Pedro B. Blois

