Misterio

Al meditar en el conocimiento de Dios hemos de abrazar el misterio. Hemos de reconocer que aún lo que Él nos revela en la naturaleza y en las Escrituras sobrepasa ampliamente nuestro entendimiento. Dios es incomprensible. Nunca tendremos un conocimiento comprehensivo acerca de Él. Nada que conocemos acerca de Él lo conocemos en plenitud. Él está vestido de oscuridad y la suya es una luz inaccesible. Sólo Dios se conoce a sí mismo. Nuestro conocimiento de Él está limitado a nuestra criaturidad y a lo que Él nos quiera revelar. En efecto, no tendríamos ninguna esperanza de conocer-Le a parte de su auto-revelación. Todo intento de conocer a Dios que parta del hombre no hará más que proyectar a la criatura en el Creador. No podemos ni nunca podríamos tener conocimiento alguno de Dios si Él no se revelara.  

La buena noticia de las Escrituras es que Dios se ha revelado. Él nos ha creado con el fin último de conocer-Le, y nos ha hecho aptos para disfrutar de comunión con Él. Como leemos en la primera pregunta del Catecismo de Ginebra: “¿Cuál es el fin principal de la vida humana? Que los hombres conozcan a Dios para honrarle”. En su revelación, tanto en la naturaleza como en las Escrituras y en la persona de Jesucristo, tenemos todo lo que necesitamos para  conocer a Dios y para honrarle. Este conocimiento de Dios es  nuestra gloria y bienaventuranza. Fuimos creados para ello. Sólo el conocimiento de Dios puede satisfacer las necesidades más profundas del alma, las preguntas más osadas del intelecto, el sentido más íntimo de nuestras decisiones y acciones. Dios nos creó para que todo en nuestras vidas gire alrededor de Él. 

¿Le conocemos? Si lo conocemos, honremos su Santo Nombre.  

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