El llamado del apóstol Pablo

A veces nuestro Padre parece tener sentido del humor. Lo digo con reverencia. Haber escogido a Saulo de Tarso para ser el apóstol a los gentiles no deja de tener un punto de ironía. Que aquel judío orgulloso, fariseo legalista, perseguidor de la iglesia, llegase a ser el instrumento de Dios para anunciar al Cristo crucificado a los perros de entre los gentiles, no deja de ser gracioso… una gracia piadosa. 

Lo más destacado del llamado de Pablo fue lo que podríamos llamar de un atropello santo. Este hombre avanzaba firme para perseguir a los cristianos en Damasco, cuando Jesús literalmente lo atropelló. No vemos en Pablo ninguna predisposición hacia Cristo, no encontramos en él ni un atisbo de piedad que lo recomendase a la gracia. Lo único que vemos en Pablo es una masa inflamada de pecado e ignorancia que se levantaba en contra de Cristo y de su Iglesia. 

Pero fue en ese estado tan miserable que el llamado de Jesús vino a su encuentro, que la gracia le atropelló. ¿Nos sorprende que este sea el apóstol de la gracia? ¿Nos sorprende que nadie haya explicado el evangelio con mayor claridad? A mí no. Él sabía que si Cristo nos llamo, lo hizo: “no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Tim 1:9b). El llamado de Pablo es un ejemplo de la insondable gracia de Dios en la salvación del peor de los pecadores (1 Tim 1:5). 

Cuando la luz de Jesús brilló ante los ojos de Pablo, el apóstol hizo dos preguntas que palpitan en el corazón de todo creyente. La primera fue: “¿Quién eres, Señor?” (Hch.9:5b). Este hombre, que hasta entonces sólo había pensado en sí mismo (¿os suena?), ahora preguntaba quién era Jesús. La luz de su gloria aterrorizó y cautivo su corazón al instante. A partir de aquel momento, él estimó “todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús” (Fil 3:8a). ¿No es este el mayor deseo del creyente? ¿No anhela su alma crecer cada día en el conocimiento de Aquel que le amó? Es innegable que este fue el deseo del apóstol Pablo.  

La segunda pregunta que hizo Pablo fue: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hch.9:6b). Esta pregunta la hizo “temblando y temeroso” (Hch.9.6a). Desde entonces el apóstol vivió cada día bajo el señorío de Cristo. El hombre autónomo, autosuficiente, lleno de justicia propia y confianza en sí mismo, ahora vive a cada día en la más dulce dependencia de la voluntad de Cristo. En casi cada una de sus epístolas él se presenta como un “siervo de Jesucristo”, como un hombre esclavo, cautivado por la gracia y el amor de su Señor. Y en esto también nosotros hemos de seguir sus pisadas. Que esta segunda pregunta de Pablo dirija también nuestro caminar. Que nos despertemos cada día con el deseo de saber y obedecer la voluntad de Cristo. 

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