En la decimosexta tesis en contra de la Teología Escolástica, Lutero escribe: “…aunque el hombre errante esté apto para amar a las criaturas, es imposible que él ame a Dios”. Lutero bebió teológicamente de Agustín, quien explicaba el pecado como un desorden de los amores. En la raíz de todo pecado hay un movimiento del Creador a la criatura, hay un corazón idólatra que establece las buenas dádivas de Dios por encima del Dador. Y de entre todas las criaturas en las que el corazón del hombre deposita su amor, ninguna es mayor que él mismo. El hombre se ama a sí mismo, y ama a todo lo demás en tanto a que se ama a sí.
Las consecuencias de semejante desorden son múltiples. Puesto que sólo Dios es Dios, la criatura siempre nos parecerá insuficiente. A nivel del alma, esta es la causa de nuestras ansiedades, temores, depresiones y así por delante. En lo que se refiere al prójimo, de ella emanan las envidias, celos, enemistades y codicias diversas. En definitiva, todo pecado viene de este desorden de los amores, de la desobediencia al primer mandamiento del Decálogo.
Puesto que somos esclavos de este desorden, puesto que no somos capaces de amar a Dios por encima de todas las cosas, nos preguntamos: ¿Cómo ser libres de ello? ¿Cómo puede el corazón amar a Dios más de lo que ama a lo que Él nos otorga? La respuesta bíblica es la gracia de Dios que viene a nuestro encuentro para llevarnos a Jesucristo. El apóstol Juan, quien se autodenominaba el discípulo amado, escribe: “Nosotros le amamos, porque él nos amó primero” (1 Jn.4:19). Dios nos amó primero y envió a su Hijo para morir por el pecador. Cuando conocemos su amor, cuando bebemos de Él, nuestros amores se comienzan a ordenar.
El sol ocupa su lugar y el resto de planetas ocupan el suyo orbitando alrededor de él.
Pedro B. Blois.
